Septiembre

La noche anterior se habían dicho adiós para siempre por teléfono, pero él insistió en verse al día siguiente y ella no pudo negarse, necesitaba verlo, al menos, una última vez. Llegó a su casa sin sentir apenas nada, y tampoco era capaz de pensar. Sus pies recorrieron el camino solos, arrastrándose, como si quisieran dar media vuelta. No sabía qué pasaría, pero se repetía una y otra vez que era necesario despedirse, que se lo merecían. Decirse adiós a la cara, ser valientes.

Al principio, el silencio era tan espeso que ahogaba y resultaba insoportable estar ahí. Ana quería gritar, patalear, echar las paredes al suelo, reaccionar de algún modo. Pero en cuanto se sentó quedó petrificada en el sofá y sentía que su boca estaba tapiada por todo lo que jamás supo decir. Se miraban de vez en cuando, buscando, todavía, un salvavidas para su historia, pero era tarde y lo sabían. Él estaba tan muerto por dentro y tan agarrado a la oscuridad más absoluta que ni su amor por ella conseguía desencolarlo de su dolor. Ana había luchado más de lo que podía y finalmente se resignó al adiós, al se acabó. No era feliz a su lado, nunca lo fue más de un día, sin embargo, habría pasado toda su vida a su lado. Lo supo ese día y lo sabe ahora. Pero, a veces hay que elegirse a uno mismo…

La quietud de la sala era desgarradora, pero el abismo que habían construido entre los dos fue, poco a poco, consumiéndose. Cada minuto que pasaba estaban más cerca el uno del otro. No sabían cómo, pero sí sabían qué. De golpe, la espesura del silencio se evaporó, Ana se vio entrelazada en sus brazos, desnuda y perdida en aquella pasión que seguía intacta, a pesar de todo. Hicieron el amor, un amor distinto a todas las otras veces, con sabor amargo, dolía tanto y era tan bonito…Después, todo acabó. Desnudos y abrazados, regresó el silencio. Adiós. Y una lágrima se escurrió sobre las mejillas de ella, él se la secó y ella se puso en pie. Adiós. Y, finalmente, tan solo quedó el eco de su portazo al cerrar la puerta.

Es un recuerdo borroso, apantanado en un pasado que aún duele. Pero ambos se encogen de hombros y continúan resignándose. A veces, se cruzan por la calle y con los latidos del corazón en los oídos, se miran desde lejos y se saludan con la mano en alto, vigilando que ninguno se acerque demasiado. Y vuelven a decirse adiós obligando a su cuerpo a seguir adelante. 

-Tú siempre serás mi septiembre preferido-

A.

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¿No lo prefieres?

podría escribir sobre temas cultos, intelectuales y si quieres nos ponemos a hablar de Calderón de la Barca, pero ¿no prefieres leerme los labios? ¿No prefieres fingir que me escuchas mientras te decides a besarme o no? También podría pintar con acuarelas sobre papeles quemados, pero ¿no prefieres que pinte en tu cuerpo desnudo?

Tal vez delante de ti,de tu sonrisa, de tus hoyuelos, de tus manos, de tu flequillo, de tus ojeras, de tu nariz, de tus dedos de los pies, de tu olor a suavizante, de tus espaldas, tal vez, y solo tal vez, delante de ti, salvajemente, irremediablemente, odiosamente, sea feliz.

Confesiones de un vagón

“Aún no tengo ningún porqué, seguramente si me peguntaras ahora no podría darte ni una respuesta. Yo sé, lo sé, que todo es cuestión de piel, de respiraciones. Y no hay nada más, creo. El corazón se equivoca muchas veces, al menos el mío sí, pero cuando se desvive de tal forma me da por pensar que él es más sabio que yo y es entonces cuando me digo que todo pasa por algo, que aunque las cosas no acaben bien, al final siempre acaban bien. ¿Entonces qué hago? Pues nada, disfrutar mientras se pueda, porque ¿sirve de algo que me niegue? ¿De verdad, merece la pena reprimir tanto? Todavía no lo sé, puede que necesite probar para errar…”

(Extracto ilegal de una conversación ajena, escuchada sin disimulo y con mucho morro)

D.d.C

Siempre me ha gustado el dicho que habla de deshechar los “ojalá” para cambiar el rumbo de todo con futuros perfectos y no imperfectos. Con futuros atrevidos, descarados; Poner “síes” con tilde, no condicionales y sin condiciones. Que los “ojalá” no sirven para la vida: son preguntas trampa, comodines en negro que engañan al mejor jugador. Que al final siempre, siempre, gana el miedo y luego ya has perdido y el tiempo no regresa, no se da la vuelta y regala oportunidades. No…
Pero aún así lo digo: ojalá hubiera sido valiente. Ojalá no me hubiera quedado quieta en esa esquina de la calle Fuencarral. Si tan solo hubiera respirado…a lo mejor hoy los “ojalá” no tendrían cabida en estas palabras.

Porque no sirven para nada, no, pero sí para arrepentirse y prometerse no volver a callar, prometerse arriesgarlo todo a una sola carta y que sea lo que dios quiera. Que el amor, como los “síes” con tilde no permite condiciones.

8

Callé por primera vez en mi vida y juro que el silencio me contó más que mil historias juntas. Contemplé el sol sin gafas y sentí su calor hasta en las puntas de mi pelo. Canté mientras caminaba por la calle a plena luz del día y fui más libre que nunca. Sonreí a la persona que tenía al lado en el metro y me sentí agradecida con la vida.Y tan solo sonreí. Bailé coqueteando conmigo y me amé y me sonreí y me reí y me besé el hombro izquierdo. Desde entonces me llamo cariñosamente Boreal y he pintado la palabra “genial” en la pared de mi cuarto con pintura de color everde manzana. 

He sido feliz todos los días de mi vida. Aunque haya sido solo un instante, he dado las gracias por estar aquí. Si eso no es ser feliz, si a esto no se le llama felicidad, entonces es que no existe. 

5

Tras la ventanilla del tren pueden verse las sombras que dibuja una bandada de pájaros que acaba de llegar de un largo viaje. El traqueteo del tren me acuna y me ayuda a respirar tranquila. Me voy otra vez, lejos. A mi casa. Con él, con ellos y ellas. A casa. Al frío, a la lluvia, al paisaje seco; al vértigo de las horas punta y de los despertares tardíos. Regreso al huracán de una gran ciudad sin mar. 

Cogí el billete sin opción a escoger asiento y lo único que pensaba era que por favor, me hubiera tocado el lado del mar. Pero no, nada de eso, me ha tocado el lado de los árboles y casas a la orilla de las vías. Tampoco está tan mal, pienso. Voy a escribir, sabiendo que al otro lado me espera el mar. Y no está tan mal.

Voy a escribir porque, aunque vuelva a casa, aquí dejo otra. Duele el estómago y tengo ganas de vomitar. Así es como mi cuerpo me grita, ya lo reconozco bien; incluso antes de que empiecen los berrinches. Lo veo venir, yo le intento calmar y le abrazo y le canto, pero nada que no hay manera. Así que escribo, porque es lo único que le hace callar. Todo está bien, este es el lugar dónde tengo que estar. Porque yo lo elegí, porque no estoy haciendo nada malo, porque soy yo, porque soy y estoy. Como los pájaros esos que he visto antes, que tienen mil hogares y cada uno con el mismo valor. Como los míos. Y no está mal.

Carta de una superviviente

Cazan mariposas en mi barriga. Aprovechan mis ojos cerrados para arrebatarme las alas de los bichos que me aúllan por dentro. Sí, me aúllan y si no te lo crees me da igual. Me canso de ahogar gritos y palizas en whiskey barato. Me canso de amenazar con cuchillos sin sierra. Me canso de escupir sangre todas las noches cuando dejo de morderme la lengua. Asesinan mis mariposas desde hace tiempo, pero hoy han empezado a dejar ir el olor a cadáver y temo no poder aguantar más y vomitarles encima. No sé si lo temo o lo deseo. Lo deseo. Eso y romper toda la vajilla. Lo que realmente temo son las ganas que tengo de matarles. Sí, matarles, poco a poco y rápido. Arañarles la cara y cortar todos y cada uno de los miembros. Pintar las paredes con su sangre. Y con las heces que de mi culo salen. 

Envidia

– No llegué tarde, pero tampoco fui puntual, y mucho menos llegué antes de la hora. Me parece de soberbios, como si así demostrara que tengo el control. Yo no he tenido el control nunca. Ojo, que tampoco lo quiero. En el fondo, no. Aunque a veces, tengo envidia de los que recogen su vida dentro de una cuadrícula y de allí no salen, porque, joder, seguro que todo es más sencillo para ellos. Y luego pienso: pero, ¿y la incertidumbre? ¿El miedo? ¿las idas y venidas? ¿Dónde estará la magia en sus vidas? Ya te digo que no hay. No tienen magia ninguna. Me aburren. Sí, mucho, pero, a veces, cuando estoy en mis idas, y después venidas, siento envidia de sus cuadrículas, de sus horarios de oficina y de las cenas a las 20:30 después de duchar a los niños. Cuando me canso de las sorpresas y los regalos me dan ganas de dejarlo todo. Todo…

Llegué, y apenas era de noche. Saludé a los pocos que estaban en la casa y me senté con ellos. Reconozco que nada más verlos me dieron una pereza enorme. Eran de esos, de los que cada segundo de su vida es el más vital de todos. Explicaban historias con gancho y siempre con un tempo-ritmo casi literario. Uno contaba lo mágico que había sido cagar ese día, que se había reconciliado con el universo; otro, lo maravilloso que había estado su amigo Rigoberto cuando dijo “hola” y otro mindundi, lo boreal que fue cruzar la mirada con el perro de la esquina, mientras éste, le rebelaba el secreto de la felicidad y el éxito. Y yo ahí, escuchando y pensando por qué yo no cagaba como ellos y por qué mi amigo había dicho “hola” de aquella manera tan poco original. Que por qué cojones yo no me había cruzado con ningún perro en año y medio. Y realmente pensé todo eso. Cuando me quise dar cuenta me había bebido toda la botella de vino tinto, que no me gusta, yo sola. Borracha como una cuba y subida a una mesa de marfil africano o de donde fuera, cantando y llorando “vivo por ella”. Puntualizo: Vivo per lei, pues me dijeron más tarde que ese es el título original. Amén. Pues canté vivo per lei. Anda y que os jodan. Y a mí, por anhelar su estupidez.

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Hay textos que resultan no tener sentido, o un sentido demasiado ególatra, soberbio. Una mezcla de palabras rimbombantes con una musicalidad remota que disfraza a la chapuza de oro blanco. Y por mucho que me esfuerce (que lo hago) no encuentro por ninguna parte una pizca de sensibilidad ni emoción. Porque no hay forma,  y menos actitud y fuerza. En definitiva, son textos que carecen de talento.

En cambio, los hay que te arrastran con ellos y te aplastan el alma. Siempre que pienso en estos textos, no sé por qué, me viene a la mente un símil que se me hace curioso: la sensación de cuando me como una tarta de queso de Don Pedro, que necesito hasta masticarla. Cojo trocitos pequeñitos para que me dure más, y cuando los tengo en la boca, aplasto suavemente cada uno de ellos hasta que se derriten entre mi paladar y mi lengua. El sabor a queso con galleta y la rugosidad del azúcar (que solo alguien que tritura la tarta como yo la puede notar) entran a mi estómago sin rechistar, obedeciendo a mi placer y haciendo muy feliz a mis sentidos gustativos.

Pues algo parecido me ocurre con estos textos. Cada palabra, coma, punto y coma, entra masticada y triturada a mi cabeza creando en mi imaginario un mundo de sensaciones, olores, imágenes. Todo ello construyendo, al final, sentimientos con los que llenar el alma.

Y yo no sé si es que soy muy exigente (no lo creo), pero esto me ocurre con muy pocos escritores y, entre ellos, estás tú. Tus palabras siempre entran desbordando mis aguas; entro en tu juego con tal facilidad que siempre me sorprende.

Pero, ¿sabes qué es lo mejor? Que me inspiras. Hace tiempo que me comprometí a leer como nunca lo hice, porque yo quiero ser mejor, no que tú, sino mejor que yo. Leeré como nunca debí dejar de leer. Leeré porque soy escritora y tú me empujas a serlo más, y mejor, con tu arte, con tu mundo. Porque me contagias. Porque haces de este don tuyo algo precioso, más de lo que es por sí solo. 

Para quien se quiera sentir identificado. Pero en especial para ti, amiga.